25 enero, 2022

Sacrilegio

 


Sacrilegio

 

¿No os ha pasado alguna vez que, conforme te está ocurriendo algo, piensas “esto es un castigo de Dios”? Bueno, puede ser que no, yo mismo hoy día no me lo plantearía. Pero, hace más de cincuenta años y en una aldea de Extremadura, todo el mundo iba a la iglesia y decía que creía. Y más, nosotros que éramos solo unos críos.

Y es que Julián y yo fuimos inseparables durante aquel verano. Julián Entálvez: un bicho malo al que no se le ocurrían más que trastadas. Y yo, que me dejaba llevar, claro, porque nos habíamos hecho muy amigos. Me habría dejado cortar una mano por él.

Cuando no jugábamos a apedrear algún perro sin dueño, estábamos destrozando farolas, robando almendras o cazando pajarillos con la escopeta de Julián. Como éramos unos críos, teníamos el dinero muy justo y muchas veces nuestros padres no nos daban suficiente para comprar balines. Porque, si queríamos divertirnos de verdad, necesitábamos tener suficientes y usarlos contra los pobres gorriones o los zorzales.

Aquella tarde, especialmente aburrida, no teníamos nada que poner en la escopetilla. Por eso, mi amigo y yo quedamos en juntarnos de noche para entrar en la iglesia con un destornillador grande y robar el dinero que encontráramos. Si nuestros padres se llegaban a enterar de lo que íbamos a hacer, nos terminaríamos ganado una buena. Pero ni uno ni otro queríamos aparentar que teníamos miedo y que estábamos nerviosos. Ya quedaba poco para el amanecer: había que ser rápidos.

Primero subí yo, como pude, arañándome la espalda contra la pared, escalando con los pies y las manos por una columna de la entrada. Había muy poco espacio y estuve a punto de no poder pasar. Sudando como no he sudado en mi vida, ayudé a Julián cogiéndolo de los brazos, desde la cornisa a la que daba una vieja ventana, que pudimos abrir desde fuera sin problema. Él era un poco más grande que yo. De modo le fue más difícil que a mí. Pero logramos colarnos, que era lo que pretendíamos.

La iglesia estaba a oscuras a excepción de tres o cuatro velitas que se habían quedado encendidas en un lampadario de la Virgen. Fuimos hacia ellas y, con el destornillador, hicimos palanca en el cepillo. ¡Bingo! Estaba lleno de monedas. Habíamos logrado lo que queríamos. Las metimos en unas bolsas que traíamos y nos las guardamos en los bolsillos.

—¡Venga! ¡Vámonos, Julián!, que nos van a pillar —le dije.

—No seas gallina, tío. Vamos a ver si encontramos algo por aquí… —dijo él, mientras se iba acercando a la sacristía.

La voz resonaba en el templo vacío. Era una noche muy oscura y los pasos  arrancaban ecos terribles sobre el suelo. Retumbaban. El sonido reverberaba en todas las paredes y en la bóveda. Yo me imaginaba que alguien iba a salir en cualquier momento a darnos un susto de muerte. Tuve mucho miedo, la verdad. Pero Julián, en cambio, se lo estaba pasando en grande. Y quería llevarse alguna cosa más. Lo que fuera.

Mientras él se metía por allí dentro, yo fui apilando un banco y unas pocas sillas para que pudiéramos escalar hasta la ventana con facilidad. No me podía estar quieto.

Por fin, al rato vino Julián y reemprendimos la salida.

Nuestras voces, con la iglesia vacía, sonaban lúgubres en medio de tanta oscuridad. Aquello parecía un cementerio.

Yo salí primero y lo esperé fuera. Mi amigo también bajó, pero, de pronto, se dio cuenta de que se había quedado atascado entre la columna y la pared. Lo intenté sacar una y otra vez, pero estaba encajado y no podía moverse.

—¿Cómo es que te has quedado ahí, Julián? ¡Si antes has podido pasar sin problema!

—¡Venga ayúdame! ¡Es que he cogido una copa de las de misa! Tiene que valer un montón.

—¿Tú estás tonto? ¿Y cómo va a vender un crío de catorce años una copa de oro? ¡Es que hay que ser gilipollas! Además, eso es un sacrilegio. El peor pecado. Verás cómo todo esto no nos va a salir bien —le dije—. ¡Es que eres tonto como tú solo!

—Vale, vale. Tú no tienes nada que ver con la copa esta. Es solo cosa mía. Pero ya creceré. Yo tengo mucha paciencia, y ya encontraré el modo… Anda, ayúdame a salir y déjate de sermones.

Absurdo. No había forma. Entre que Julián estaba nervioso, y que yo estaba enfadado por lo que había hecho él, era imposible que saliera de allí. Lo poco que abultaba la copa, dentro del jersey, impedía que pudiera moverse. Estaba completamente atrapado.

Empezó a llorar. Sí, sí. A llorar. Cuando se dio cuenta del lío en que nos había metido, no pudo contener las lágrimas. Y a mí también se me saltaron: nos la íbamos a ganar por la estupidez de mi amigo. Seguro que terminábamos denunciados en la Guardia Civil.

De pronto, por la otra parte de la plaza, vi venir a Don Marcos, el cura.

—Ahí te quedas, Julián —le dije irritado—. No quiero que me pillen a mí también. Esto tiene que ser un castigo de Dios.

A mediodía, vino mi amigo a casa en su bici para decirme que Don Marcos, con mucha paciencia y mucha calma, había logrado que saliera de detrás de la columna. Le dolía la espalda, pero ya se le pasaría. Me hizo que le devolviera mi parte del dinero y me aseguró que el cura le había prometido que no iba a decir nada, que guardaría el secreto como si fuera una tumba.

A los pocos días me despedí de mi amigo. Su familia se volvió a Plasencia y mi padre encontró trabajo en Sevilla, donde vivo desde entonces. Nunca supe nada más de Julián.

                                                                     ***

Ya han pasado cincuenta años de todo aquello y mi nieta Carla dice que quiere confirmarse y que va a hacer una gran fiesta. A mí no me apetece volver allí, porque la confirmación va a ser en la aldea.

Bueno, quizá sí que quiera ir a aquel sitio. Tengo curiosidad por ver en directo cómo está la casa. Ahora es de mi hija y de mi yerno y van allí con frecuencia. Me agradará ver cómo ha quedado después de la reforma.

—¿Y cómo es que te confirman en una aldea tan chica? —le pregunto—. En mis tiempos, a las iglesias pequeñas la gente del obispado no iba nunca a hacer confirmaciones.

—Vamos a ser muy pocos, abuelo. Va a muy bonito, ya verás. Y nos lo vamos a pasar muy bien. Yo cuento contigo. No me digas que no. No puedes faltar…

—Bueno, es que yo no entro en una iglesia desde que se murió tu abuela. A mí esas cosas no me gustan.

—¿Sabes? Viene el obispo y todo —me dice.

—¿Y qué más da?—le digo con fastidio.

Tardo un momento en decidirme:

—Bueno, mujer, si te empeñas iré ese día para estar contigo.

—Gracias abuelo. Así, de camino, podrás saludar al obispo, que nos han dicho que estuvo un tiempo en la aldea cuando era un chiquillo. Se llama Julián. A lo mejor lo conoces.

—¡Coño, Julián!

«¡Vaya sorpresa! ¿Quién se iba a pensar que el que se dedicaba a apedrear perros y a robar en la iglesia ahora es el obispo? ¡La de vueltas que da la vida!».

 

Guillermo Arquillos

Año 2022. Enero, día 25

17 enero, 2022

Los amantes D’Anuay

 

Los amantes D’Anuay

 

Estimado lector:
 
Los acontecimientos que pongo en tus manos, aunque muy crueles, son tan verdaderos como el hecho de que el sol, cada mañana sale por el Este o la veracidad de Nuestro Señor Jesucristo que los buenos cristianos leemos en los Santos Evangelios.

Cuéntase en nuestras ciudades y villas de Francia, que la muerte de los últimos templarios, ordenada por su majestad el rey Felipe, a quien Dios tenga en su gloria, sucedió la misma noche en que sus tres nueras eran infieles a sus maridos en la torre de Nesle. Desde allí, refocilándose con sus amantes, pudieron contemplar cómo ardía el cuerpo de la postrera autoridad de la orden del Temple, Jacques de Molay, quien maldijo a los responsables de tamaña iniquidad. Los tres, el papa, el rey y su ministro, convocados ante el tribunal de Dios para el plazo de un año, murieron puntualmente tal y como él los había emplazado.
La muchedumbre esperaba que Jacques de Molay, que ya era, a la sazón, un anciano de sesenta y nueve, suplicara clemencia a su Majestad el rey Felipe, llamado el Hermoso. Pero el religioso se sabía inocente de los cargos de brujería que se le imputaban. Él estaba cierto de que lo que deseaba el reino de Francia era apropiarse de las riquezas de la Orden y decidió acudir a la llamada de la hoguera con la dignidad propia de un hombre santo.
 
La desgracia para la casa real no había hecho más que empezar. Has de saber, querido lector, que, mediante una hábil estratagema, la reina de Inglaterra, Isabel, urdió un plan que puso de manifiesto la infidelidad de sus cuñadas: consta con certeza confirmada que Margarita y Blanca dotaron a sus respectivos maridos de unas nobles cornamentas que fueron el hazmerreír del pueblo llano de Francia.
 
En efecto, Isabel hizo un caro presente a sus cuñadas, una joya que era valiosísima y podía ser usada tanto por varón como por hembra. Y las incautas nueras de Felipe las terminaron regalando a sus amantes porque se engañaron pensando: «¿quién podrá conocer que estas bolsas de adorno son el pago que hacemos a nuestros jóvenes enamorados, los hermanos D’Anuay, por sus servicios como asiduos amantes?». Y es que la pasión, cuando se pasea por los colchones de algunos alocados nobles, hacen que estos pierdan la razón pensando que sus artes amatorias nunca pueden ser descubiertas.
Yo te prevengo, amigo lector, si tienes ojos en tu cara y si tienes sesos en tu cabeza, que no hay secreto, por bien guardado que tú lo creas, que no llegue a saberse.
 
Te recuerdo que los hermanos D’Anuay tenían el peor pecado que pueden tener los hombres discretos: la vanidad. Y corrieron por toda la corte pavoneándose de los regalos que les habían hecho sus nobles amantes. Se sentían queridos, deseados, preferidos a los cornudos maridos, hijos del monarca.
 
Pero el rey Felipe no era “ni hombre ni animal, sino estatua”. Y llegó a sus oídos que sus vástagos eran vulgares cornúpetas. Al conocer la infamia y el pecado de sus nueras, hierático como era, no movió un músculo, no profirió una queja, no expresó un lamento. Simplemente habló con palabra de soberano: “cúmplase la ley”.
 
Terrible. La ley: los despiadados preceptos que exigen pureza indubitable y fidelidad sin mácula a las hembras pertenecientes a la nobleza de Francia.
 
La que castiga sin piedad a los infractores.
 
—¡Decidle a mi marido que soy inocente, soy inocente, decídselo! —así gritaba Juana, la esposa del segundo de los hijos del rey Felipe el Hermoso y, en efecto, nunca se pudo probar que ella le fuera infiel a su hombre.
 
Pero ya era tarde. Las tres señoras eran conducidas, como bestias, en un viejo carro tirado por bueyes para que contemplaran el tormento de los mantenidos D’Anuay.
Estos, suplicaban, lloraban, se arrepentían, rogaban, apelaban, gritaban… Cuando llegaron al cadalso donde los verdugos tenían preparados los suplicios, se abrazaron como dos chiquillos. El pánico no les permitió contener sus vejigas. La gente profirió alaridos y risas cuando vio cómo se mojaban sus entrepiernas. Se mofaban y hacían continuos chascarrillos sobre cornamentas. Utilizaban palabras soeces y toda clase de burlas para referirse a los amantes y las infantas.
Comenzó el tormento.
Querido lector: Permíteme que no te detalle pormenorizadamente el modo de proceder con los condenados antes de que Dios misericordioso se apiadara de ellos y los hiciera morir. No quiero hacer un relato minucioso del postrero padecimiento de aquellos jóvenes. Debe bastarte conocer que le fueron extirpados los genitales, dejándolos que se fueran desangrando; que fueron despellejados vivos con instrumentos especiales; que todos los huesos de sus cuerpos fueron machacados y aplastados con mazas de particular consistencia y que, finalmente, sus cuerpos fueron despedazados y desmembrados, deshechos por la fuerza de caballos a los que ataron sus extremidades. O lo que quedaba de ellas.
Nunca se ha visto una escena más cruel en todo el reino. Los verdugos se guardaron muy mucho de que fueran conscientes en todo momento del trato que soportaban, sin perder el conocimiento. Jamás se ha visto tanto sufrimiento. En el resto de tus años, no podrás imaginar los pormenores de una crueldad tan enorme como la que sufrieron los vanidosos e incautos amantes.
 
No hizo ni una mueca, ni un pequeño gesto: Felipe el Hermoso, encadenado por su propia majestad, se comportó como una estatua. Porque no era hombre ni animal. Era el rey.
 
Te he escrito todo esto, estimado amigo, para que seas recto en tus obras, para que no te desvíes del camino marcado por la ley, para que no desprecies a los poderosos y los respetes y, sobre todo, para que no te dejes llevar nunca por el pecado de la vanidad.  Compara la serenidad de Jacques de Molay, que murió como un hombre, y la cobardía de los amantes D’Anuay, que murieron abrazados de miedo, bañados en su sangre y manchados por sus propios excrementos.
 
No hay clemencia: el vanidoso siempre recibe su castigo por más que suplique.
 
Gracias sean dadas a Nuestro Señor Jesucristo.
Que nuestra Señora, Notre Dame Sous-Terre, interceda por mí ante el Redentor, para el día del postrero juicio.
 
Tuyo en el Señor:
André Laure, Abad de Monte Saint-Michel, por la gracia de Nuestro Señor, desde el año de mil y cuatrocientos y ochenta y tres, a partir del nacimiento del nacimiento de Cristo.
 
 
 
Nota: los hechos que aquí se cuentan, aunque novelados, son rigurosamente ciertos.
 
Guillermo Arquillos
Año 2022. Enero. Día 11.

13 enero, 2022

Queridos Reyes Magos: os odio.

 


Queridos Reyes Magos: os odio.

Jaén, 6 de enero de 1969

Queridos Reyes Magos:

            Os odio. Sí, sí. No me he equivocado. Os odio por el mal rato que les habéis hecho pasar primero a mis hermanos y luego a mí. No sé, un papelito, una pista, algo… cualquier cosa que hubiera indicado que había más de lo que veíamos, hubiera sido suficiente para que no se les saltaran las lágrimas. Se miraban con las caras tristes, a mis padres les ponían ojos llorosos ¡y ellos los miraban divertidos! Os odio, os odio, os odio… lo voy a escribir con el boli verde oscuro del plumier nuevo. Para que quede bien clarito para toda la eternidad y los próximos años: os odio con el corazón.

            A ver: nosotros cuatro somos buena gente. Sacamos buenas notas. Somos obedientes. Estudiamos un montón. Yo soy un desastre, ya lo sé, que siempre voy con la ropa por fuera del pantalón, “hecho un Adán”, como dice mamá. Y soy muy desordenado, “que no me vais a echar nada si no ordeno mis cosas”.

Pero, digo yo, ¿a ver cómo me explicáis que Tomás, el de la tienda, haya tenido un Scalextric en casa de su padre? (pero un Scalextric de los grandes, de los que tienen puente y forma de ocho).  ¿Y en casa de su madre? Allí todavía peor, que le habéis traído un bici. ¡Una bici chulísima, una BH, de las buenas! Y Tomás no estudia nada. Se pasa las tardes colándose en la obra de ahí al lado y jugando al frontón. Claro, así suspende tantas. Y, encima, un Scalextric y una bici. Joder, os odio.

Mi hermana no ha salido mal del todo: sus muñecas, su plumier, sus juegos reunidos (que son para todos), su puzle… en fin, lo de siempre. Yo, pichí pichá: un fuerte muy chulo con un montón de indios (que ya veréis la que monto por las escaleras de casa), un plumier y un libro (Robinson Crusoe, mi primero “para leer”, dice mamá, que siempre está leyendo, que me va a gustar mucho).

Pero, ¿y mis hermanos mayores? Pues nada. Lo dicho. Nada de nada. Una decepción: unas barajas de cartas de familias, unas agendas… nada. Cuatro cosas. Y las lágrimas detrás de las orejas. ¡Vaya cara de tristes! Hombre yo comprendo que a Fede le trajeran poco, porque le pillé un paquete Ducados en un pantalón. Él me dijo que era de un amigo suyo, pero yo creo que es que alguna vez, fuma. Sí, sí. Que yo creo que fuma. A mí me puede engañar, pero a vosotros no, que para eso sois magos. De modo que a Fede ya sabía yo que le venía poco. Por fumar.

¿Pero, y a José Luis? ¿Qué es lo que ha hecho él? No lo entendía nadie. Me daban ganas de llorar. ¡Vaya pena que tenían los dos! (Y mis padres, con cara divertida, que era lo peor…).

Ropa. Eso es lo que teníamos todos. Por lo visto creéis que esto es Rusia, para tanto calcetín, tanto guante y tanta bufanda. ¿Es que los niños se mueren de frío en Oriente? Joder, y encima ni os molestáis en traer las cosas desde lejos, que en mi bufanda estaba la etiqueta de Tejidos Gangas, que está a cinco minutos de casa. Se ve que se os había olvidado y la pillasteis ahí mismo…

Total que, mis padres, viendo la cara de decepción de mis hermanos, dicen que nos vamos a casa de la abuela a ver si allí les habéis traído algo a mis hermanos, aunque sea tan temprano… Al fin y al cabo, viven aquí al lado.

¡No me lo podía creer! ¡Vaya locura! ¡Vivan los Reyes Magos! Mis hermanos dando saltos de alegría y los pequeños, mi hermana y yo, con una felicidad que no se puede contar: bajamos para salir de casa, con los abrigos, los guantes y los gorros de lana, que parecía que íbamos al Polo Norte y, al bajar al portal… ¡una mesa de ping-pong de reglamento para los más mayores! Una mesa y un coche teledirigido. ¡Una locura! No os podéis imaginar. Y yo, con la mierda del fuerte y los indios. Os odio. Ahora más que antes. Es que os odio.

Bueno, no tanto. La verdad es que os quiero mucho porque, claro, Tomás se ha enterado de lo de la mesa de ping-pong y ya hay cola en casa porque todos los del barrio quieren venir a jugar. Me ha dicho Tomás que, si yo le dejo un turno mío para un partido de ping-pong, que me deja jugar con su Scalextric. Pero yo me lo estoy pensando, porque tampoco es que me dejen a mí mucho… Y, encima, hasta se cuela mi padre, que también quiere.

Lo dicho: todos los chiquillos del barrio se han venido a casa. ¿Vosotros sabéis de otros niños que tengan una mesa de ping-pong en su casa?

A mí los Reyes Magos me gustáis mucho. Pero os odio, porque lo de los indios y el fuerte tampoco es para tanto… ¿Cómo será lo de la mesa que hasta se han olvidado del coche teledirigido?

Me parece que el año que viene le voy a escribir la carta a Papá Noel. Estoy harto de calcetines y de gorros y de plumieres. Yo quiero un cinexín y una guitarra. Y es que les traéis cosas chulas a los niños de las familias que tienen dinero en casa, como a Tomás. Y en las casas donde no hay tanto dinero, no vienen más que guantes y calcetines de Tejidos Gangas.

Papá Noel tiene menos trabajo. Ese seguro que me trae la guitarra.

Os odio…

Bueno, os quiero un montón. Y voy a ser bueno, que Papá Noel es un invento de Coca-Cola, como dice mi padre.

Un beso.

 

Guillermo Arquillos

Año 2022. Enero, día 8.

 

05 enero, 2022

Andrea y Óscar en la ribera

  



Andrea y Óscar en la ribera 

    *** Andrea — Unos minutos antes. Con una compañera  ***

«¿Que qué me está pasando? ¡A ti te lo voy a contar! ¿Qué quieres que te diga que me siento culpable? Si te llegara a decir algo, me inventaría que me va mejor que nunca con Óscar. Que no nos hemos peleado. No como tú, que ya llevas cuatro parejas en dos años porque estás hecha un… bueno una elementa.

     »¡Seguro, lo que necesito ahora son consejitos tuyos! Él, loco de celos y con un par de cuernos, y tú con lecciones.  ¡Que sí!, ¡que sí!

    »Sé que se me nota. Pero no te voy a contar lo que tuvimos después de que llegué a las cinco. No sé cómo se enteró de que me volví a enrollar con Gema. Tú imagínate lo que quieras, tonta del culo, porque nunca podrás entender lo maravilloso que es él. No importa que sus celos no lo dejen respirar. Ni a él, ni a mí».

    *** Andrea — A la hora en punto, junto a la UCI  ***

«Estoy hecha una mierda. Esa es la verdad. Entre lo poco que he dormido, la discusión de casa y lo sola que me quedé cuando lo eché, estoy hecha un asco.

     »Igual me pasé un poco y le grité, porque él no paraba de darme voces, sin ningún control. Y es que es un celoso y un machista, que no puede imaginarme con Gema».

    *** Óscar — Un minuto después, en la ribera  ***

«No me teníais que haber sacado, ¡joder! Si me he tirado, es porque ella me ha echado de casa.

     »Debo de tener millones de huesos rotos. Pero lo que es dolor, dolor… como que no me duele nada. Seguro que de esta no salgo. Mejor. Si no me acepta tal y como soy, prefiero quitarme de en medio. ¿Para qué coño quiero vivir si no es con mi nena?

       »Ya no puedo seguir así. Son demasiados desplantes. Demasiados “déjame vivir mi vida y vive tú la tuya, déjame mi espacio”. ¿Tu espacio? ¿Cuál? ¿El de la cama de Gema? No lo soporto. No tienes remedio, nena, no se trata de “una aventurilla de vez en cuando”. El tema es que me miden los cuernos más de un metro, que ya tengo que entrar de lado por las puertas. Hasta aquí hemos llegado. Como tú dices: mejor cada uno por su lado.

     »Joder, que estoy volviendo a llorar. Mucha agua, mucha agua por todos sitios, pero yo estoy llorando por dentro, que es por donde más queman las lágrimas.

     »¿Para qué coño me habrán sacado del río? Igual me quedo inválido si no me muero. Si la palmo, asunto concluido».

    *** Andrea — Dos minutos después, en la UCI móvil  ***

«¡Por el puente! Joder, con lo alto que está eso. No podías beberte un litro de lejía o cortarte las venas, igual que todo el mundo. Como no hayas caído bien en el río, te habrás partido todos los huesos y tendrás hemorragias internas, ya verás el cuadro. Te desangras por dentro, imbécil. Si tienes conciencia lo vas a pasar mal de verdad».

—¿Cuánto nos queda, Marcos?

—Ya casi estamos. Dos minutos más y llegamos, Andrea.

     «¡Joder! Dos minutos. Como no hayan tenido cuidado para sacarlo del agua, le habrán partido el cuello y tenemos un tetrapléjico de regalo. En dos minutos lo mismo se me ha ido el gilipollas. Y, luego, la reanimación. Además, que no estoy yo al cien por cien. ¡Coño, que he mandado a Óscar a tomar por culo hace un rato!».

 

—Lo siento, no podemos bajar a la ribera con la UCI. Hay que improvisar.

—¿Ni la camilla? —dice Andrea, pero lo piensa mejor—. Bueno, da igual, si lo mismo nos encontramos un cadáver. Desde esa altura, no sé yo…

 

    *** Óscar — Cinco minutos después, en la ribera  ***

    «La UCI se queda arriba, claro. No puede bajar a la ribera. Mejor. Igual les da por conseguir que yo viva. Y yo me quiero marchar. Ya no siento nada en el cuerpo. Creo que esto es la muerte. Hay tranquilidad. Hay silencio.

     »Se va apagando el cielo. Y las caras. La gente ya ha perdido la voz. Y la sirena suena muy a lo lejos. Seguro que ahora va a venir el túnel. El túnel y la luz. Me arrepiento de lo malo que he hecho. Me arrepiento antes de ir al otro lado.

 

     *** Andrea — Seis minutos después, junto al río  ***

 «¡No puede ser! ¡No! ¡Nene, eres gilipollas! ¡Tenías que ser tú! ¡Cariño, vuelve, vuelve…! ¡No te vayas!».

—Fuera, todo el mundo fuera, no lo toquéis —la voz de la doctora es decidida. Suena a segura. Sabe lo que se hace. Casi todos los días, un suicida. Pero solo un día lo intenta Óscar. Otra descarga. Sigue la RCP.

—¡Gilipollas, gilipollas, gilipollas…! —está llorando. Golpea su pecho.

Lo dice más fuerte, por si hay alguien en la ciudad que todavía no lo haya oído.

—¡Gilipollas! —más y más golpes. Más y más lágrimas.

—Vuelve, cariño, vuelve —Andrea le está haciendo el boca a boca. Más de un minuto. Las lágrimas no paran de salir de sus ojos —. Vuelve, por favor, no te vayas sin mí. ¡Te quiero, nene! ¡Te quiero!

 

    *** Óscar — Siete minutos después  ***

«Pues no hay luz. Una decepción, la verdad. Es una sensación extraña. Como si no hubiera llegado mi hora. Creo que tengo que volver. Sí, me toca volver…

    »Joder, ¡qué dolor! No puedo respirar».

 

  *** ¿Qué te pasa, Óscar?  — Siete minutos después ***

Tos, mucha tos. Vómitos de agua. Te colocan la cabeza de lado.

De pronto, vuelve el sonido de la sirena. Regresa el ruido de la ciudad. Te sorprende que te duela tantísimo todo el cuerpo. Oyes a alguien que está llamándote gilipollas. Te están dando golpes en el pecho.

¿Lágrimas? Los labios saben a salado. A agua del río y a salado. Tu nena está llorando. Te incorporan un poco.

La oyes con claridad:

— Vuelve, por favor, no te vayas sin mí. ¡Te quiero, nene! ¡Te quiero!

Lágrimas. Te llueven millones de lágrimas que, al caer, te causan más y más sufrimiento.

Tu dolor es insoportable.

 

Guillermo Arquillos

Año 2022. Enero. Día 5

 

 

 

 

 

 

 

29 diciembre, 2021

El mensaje y la manzana

 

 



 El mensaje y la manzana

  

Chesire (Manchester), 7 de junio de 1954.

Estimado amigo Norman:

Cuando puedas leer estas líneas, yo ya habré muerto. Sé que esta noticia te causará un disgusto, que supongo serio, porque conozco que me aprecias sinceramente. Sin embargo, estoy convencido de que no tengo más remedio que actuar como lo hago. Mi vida, si es que a esto que tengo se le puede llamar vida, se ha convertido desde hace dos años, en un arrastrarse a la espera de nuevas depresiones cada vez más fuertes. Ya no puedo más.

Tú conoces algunos detalles de mi historia, porque me has oído contártelos y te habrás hecho una idea de que no soy una persona convencional. Yo mismo me reconozco como un bicho raro y no me avergüenzo en absoluto de serlo: esas peculiaridades mías son, en realidad, mis señas de identidad.

¿Te he dicho, por ejemplo, que aprendí a leer yo solo, que nadie me enseñó? ¿Te he contado que a los diez años ya entendía libros avanzados de biología de los que deduje que el cerebro humano actúa como una máquina? Sí, Norman, estoy convencido de que se pueden construir máquinas que lleguen a pensar como lo hacemos nosotros.

Toda mi existencia la he entregado a mi formación y a la resolución de problemas que puedan salvar vidas. Y eso es lo que hicimos en Bletchley Park. Estuvimos alejados del mundo y nadie oyó hablar de nosotros. Tuvimos que trabajar muchos días y largas noches para modificar la máquina polaca que fue la base de la que yo llamé Christopher. Con su ayuda, conseguimos romper las claves de cifrado a los mensajes del ejército nazi y desde aquel momento supimos el lugar donde se iban a producir los ataques.

Una vez acabada la guerra, por razones de seguridad nacional, nos hicieron destruir todo nuestro trabajo. Había sido duro: muchos días  habíamos tenido que asumir el papel de Dios, decidiendo qué acciones enemigas revelábamos a los aliados y cuáles no. De esta manera, los alemanes nunca perdieron la confianza en su máquina Enigma: hubo que sacrificar muchas vidas para que no sospecharan que conocíamos sus movimientos y terminaran cambiando el método de cifrado de sus mensajes.

Después de todo aquello, Norman, no sé si conoces en lo que seguí trabajando: intentaba resolver nuevos retos matemáticos y quería construir una máquina universal que pudiera solucionar cualquier problema que se le plantease. Es mi trabajo como matemático e ingeniero.

 

Desde el primer momento supiste que soy homosexual. ¡Qué hipocresía la de la sociedad inglesa! En el ambiente de Cambridge y en Estados Unidos, esto ya no es nada sorprendente: cada uno vive y manifiesta las inclinaciones que tiene, sin tapujos, con libertad. Pero aquí las leyes nos consideran un peligro social, una amenaza: somos delincuentes.

Fui a denunciar que habían robado en mi casa, entré en comisaría confiado en el sistema. Y salí acusado del horrible delito de ser como soy. Mi proceso duró más de once meses y me hicieron elegir entre ir dos años a la cárcel o las inyecciones hormonales: la castración química.

Norman, ¿cómo podría seguir trabajando en mi proyecto de una máquina que replique el pensamiento humano desde la celda de una prisión? Tuve que elegir el tratamiento.

Nunca calculé que todo esto iba a ser tan duro. ¿Sabes? Me han crecido pechos, he engordado muchos kilos, estoy constantemente deprimido, me vigilan cada instante de mi vida para ver con quién me relaciono, cuáles son mis amistades, con qué personas hablo. Seguramente, amigo, a ti también te habrán investigado aunque no lo imagines.

Peor aún: me han desacreditado ante la comunidad científica por ser como soy, como si todo se redujera al resultado de una elección propia: muchos opinan que he decidido ser homosexual, un peligro para la sociedad. Y piensan: “Si Alan Mathison Turing, que es un invertido, dice que las máquinas pueden pensar, entonces es que no pueden”.

¡Es ridículo, Norman, ridículo! Si no fuera tan trágico, si no me hubieran desagarrado por dentro, me reiría de ellos. Bromearía sobre una ley que me obliga a no poder ser como soy. Te juro que he intentado superarlo, ignorar lo que me rodea y centrarme en mi trabajo.

Esta tarde he estado volviendo a leer el cuento de Blancanieves: me gusta pensar que alguien se puede aislar de quien ha decido hacerle imposible la vida. A pesar de todo, créeme amigo, yo ya no puedo más. Yo no tengo más lágrimas.

 

Voy a cenar justo lo que necesito, será mi última cena: una manzana que me impedirá seguir sufriendo como lo estoy haciendo. Me ayudará el cianuro con el que la he impregnado.

Dile a mi madre que la quiero.

Saludaré a mi amigo Christopher de tu parte. Estoy seguro de que, si hubieras llegado a conocerlo, te hubiera caído muy bien. Era una gran persona. Creo que, siendo unos niños, estuve enamorado de él.

Un abrazo, Norman, nos veremos.

Tu amigo Alan.

 

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Guillermo Arquillos

Año 2021. Diciembre, día 29.

 

 

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Nota: el sueño de máquina universal de Turing está en la base de lo que hoy llamamos ordenador. En su estatua, cerca de Manchester, hay un mensaje cifrado que nadie ha logrado desencriptar. Una leyenda urbana dice que el símbolo de Apple, una manzana mordida, es un homenaje a la que cenó Alan Turing y con la que se suicidó. Fue su última cena.

 

 

 

 

25 diciembre, 2021

Por la vida de un desconocido




Por la vida de un desconocido

 

—Sí, padre, soy culpable. Yo no impedí el sufrimiento de aquel hombre: ese fue mi modo de vengarme porque lo odiaba. Y ahora que mi vida va a terminar, necesito su ayuda, por favor, padre.

Lo miró a los ojos. Los tenía mojados.

—Si estás arrepentido, tendrás el perdón de Dios, hijo. Por los méritos de…

El enfermo apretó los labios un instante y exclamó:

—Déjese de sermones, padre. ¿Dios…? ¿Dónde se esconde Dios? ¿Sabe? Cuando Hitler subió al poder, Dios se tomó unas vacaciones. Y en agosto del cuarenta y uno, hasta se olvidó de bajar al sótano del pabellón trece —Pawel forzaba la poca voz que quedaba en su garganta—. Dios nos abandonó.

Se detuvo un momento y volvió a mirar a los ojos del sacerdote:

—Rescáteme, padre, limpie mi culpa y mi remordimiento. Soy culpable.

Durante una eternidad ambos guardaron silencio. La atmósfera era oscura y densa. El párroco, sentado junto a la cama del moribundo, se estiró la vieja sotana y se enderezó la estola morada. Carraspeó y dejó reposar la barbilla sobre su mano, atento a escuchar.

 

—Todos los días llegaban cientos de prisioneros, como si fueran ganado, en pestilentes vagones. Después de hacer apiñados y de pie todo el viaje, a los que llegaban si fuerzas los enviaban en el acto al campo II. Allí estaban las duchas de exterminio. Pero, en medio de aquella barbarie, un hombre llegó con la mirada serena.

     »Lo reconocí al instante: él era quien había expulsado a Aniol de su colegio. Hoy comprendo que aquella decisión salvó la vida de mi hijo. Pero el chico eligió el camino del odio y se afilió a las Juventudes Hitlerianas. Me denunció a la Gestapo. Yo estuve preso más de cuatro años en Auschwitz porque mi propio hijo testificó en mi contra. Si Kolbe no hubiera expulsado a Aniol de su institución, nunca hubieran descubierto mi labor en la resistencia.

     »Cuando llegué al campo, reconocí a mi compañero Bruno. Él consiguió que trabajásemos juntos en el batallón de poceros de Auschwitz I. Era una labor repugnante, pero indispensable. Las letrinas y los conductos sépticos se atrancaban continuamente y necesitaban constantes reparaciones. Al ser especializado, nuestro trabajo nos garantizaba que éramos insustituibles. En cambio, los prisioneros que acarreaban los cadáveres desde las duchas de la muerte a los crematorios, en el campo II, eran reemplazados cada mes y sus cuerpos también acababan en los hornos.

 

    »Cuando yo fui deportado, los nazis todavía respetaban el colegio de Kolbe. Le habían impuesto, eso sí, severas prohibiciones para admitir a nuevos alumnos internos. Pasado un tiempo, alguien lo denunció por dar refugio a judíos. Con los años supe que también fue Aniol quien dio lo delató a la Gestapo. Y condenaron a Kolbe a trabajos forzados, haciendo labores de mano de obra esclava en la fábrica de armas de Auschwitz.

     »Cuando habían pasado unos dos meses desde su llegada, muchos pudimos ver cómo un oficial se ensañaba con aquel hombre sereno. Le obligó a cargar sobre sus espaldas decenas de pesados tablones. Hasta que no pudo más. Hasta que cayó. Sin una sola queja. Varios soldados le dieron cientos de patadas y de golpes dejándolo malherido. Aquella misma tarde fue condenado a recibir cincuenta latigazos. Se le acusaba de no haber cumplido la tarea que le habían encargado.

    »Cuando se hartaron de arrancarle la carne de la espalda con el látigo, lo dieron por muerto y nos ordenaron que lo enterrásemos en un montón de heces.

     »Pero no consiguieron que Maximiliano Kolbe muriera en aquel momento: Bruno se dio cuenta de que aún vivía y varios prisioneros lo llevaron a la enfermería. Para alimentarlo, se quitaban cada día una parte de la minúscula ración de comida que todos recibíamos y que nos mantenía siempre al borde de la muerte por inanición.

     »Así transcurrieron varios meses. A veces, algún guardia se divertía jugando a hacer puntería contra los prisioneros. Era una manera, como otra cualquiera, de pasar el rato. Algunos morían en el acto. Otros quedaban malheridos y eran trasladados al campo II. A sus duchas.

     »Como se produjeron algunas fugas, el comandante ordenó que cuando alguien lo consiguiese, se eligieran diez desgraciados para morir de hambre y de sed en el sótano del pabellón trece. Sólo pensar en aquella inhumana agonía, hacía que los hombres llorasen por los que allí acababan. La sentencia se cumplía ineludiblemente. Sobre todo por las noches, oíamos sus lamentos; hasta que, poco a poco, las voces y los llantos se iban apagando. Día a día. Luego, el silencio.

     »El encargado de vaciar los cubos de los orines de aquellos desdichados era Bruno. Pero nunca subía ninguno.

Pawel se detuvo. Miró al sacerdote:

—Padre, ¿usted sabe el sufrimiento que supone morir de sed?

—No, hijo. Ni lo he pensado jamás.

—Mejor así, padre. No se puede imaginar el horror que es ese final. Aquellos hombres preferían mil veces morir de hambre antes que de sed. Para no deshidratarse totalmente, se bebían sus propios orines y Bruno subía con los cubos vacíos. La tortura solía prolongarse unos seis o siete días.

    »El treinta y uno de julio, al pasar lista, faltó un prisionero del pabellón catorce. Al día siguiente, nos ordenaron que saliéramos al patio. Doce horas de pie. Firmes. Sin poder descansar. Incluso nos teníamos que mear encima. Todos queríamos que aquello acabara cuanto antes. Temblábamos porque temíamos estar entre los diez elegidos.

      »Se hizo de noche y seguíamos en el mismo sitio. Habían buscado al desaparecido y no lo encontraban. Comenzaron a seleccionar a los diez condenados.

       »El último de ellos fue Franciszek Gajowniczek, un sargento polaco. Estalló en lágrimas. Estaba muerto de miedo. En medio del imponente silencio de todos nosotros, se le oía gimotear diciendo que nunca más vería a su mujer y a sus dos hijos… Le hicieron salir de entre las filas. El comandante sonreía al ver cómo se acercaba. Y, entonces, sin que nadie pudiera esperar algo semejante, se oyó con claridad una débil voz en medio de la formación: «Me ofrezco a cambio de este hombre».

      »Nadie podía creer lo que estábamos oyendo. El propio comandante levantó la cabeza y abrió bien los ojos para ver quién había sido el insensato que había dicho aquellas palabras. Franciszek dejó de sollozar y miró en la dirección de donde había venido la voz. Pero Maximiliano estaba decidido: «Ofrezco mi vida para que este hombre no pierda la suya. Yo soy sacerdote católico: no tengo mujer ni hijos. Yo ocuparé su lugar».

     »Y así fue como el padre Maximiliano Kolbe acabó en aquella celda de exterminio.

 

—No entiendo, hijo, por qué dices que eres culpable —dijo el sacerdote—. ¿Es que tú tendrías que haberte ofrecido en lugar de Kolbe?

—No padre. Mi pecado es el odio. Yo aborrecía a Maximiliano Kolbe porque había salvado a mi hijo y por su culpa, yo fui a parar a Auschwitz.

    »Al día siguiente, cuando los desgraciados ya estaban en el sótano, se atrancó la letrina del pabellón catorce. Hubo que limpiarla. En medio de la porquería y la inmundicia, encontré el cuerpo del desaparecido. Solo yo supe que aquel hombre no había escapado: había muerto asfixiado, porque se había caído en la letrina, quizá por debilidad o porque estaba enfermo.

    »Y yo me callé aquel hecho. Quería vengarme del padre Kolbe. Quería que pagase por todo lo que yo estaba pasando. Quizá, si lo hubiera revelado a los nazis, estos habrían sacado a aquellos diez del antro de su tortura.

 

El moribundo se detuvo. Parecía reflexionar.

—Perdóneme, padre, porque he pecado.

Y se echó a llorar.

 

Guillermo Arquillos

Año 2021. Diciembre, día 23.

 

 

Nota: aunque "novelado", este relato está basado en hechos reales. El final del padre Kolbe es histórico, atestiguado por cientos de personas. He ahorrado al lector los detalles más duros y escabrosos.

24 diciembre, 2021

Los zapatos mágicos (versión publicada por el periódico Ideal)

 

Los zapatos mágicos

                   

Los zapatos mágicos son poderosos cuando se colocan las luces del belén, pero casi todo el año están dormidos en el armario, preparándose para las próximas Navidades. Hoy los han puesto en el salón.

A la familia de Lou le gustan mucho, aunque todos creen que solo sirven para decorar, como los calcetines de Papá Noel. Pero ella sabe que si les pides un deseo muy fuerte, muy fuerte, con los ojos bien cerrados y apretados, los zapatos mágicos te lo concederán.

 

El coche de papá ha pinchado cuando venía del trabajo.

«¡Vaya, qué desgracia más grande y más desgraciada! Papá necesita sus pastillas para no morirse, se le va a hacer tarde» —piensa Lou.

Y encuentra la medicina de papi y, cuando nadie la ve, la coge y se pone el abrigo verde, el gordo. Como ya llega al pomo de la puerta, sale y la deja entreabierta, para no hacer ruido.

***

Aunque ha dejado de nevar, sopla un viento que atraviesa la piel, la carne y los huesos de Lou. La niña nunca ha tenido tanto frío. Hay nieve por todos sitios: en los tejados, en los coches, en las aceras.

«¡No! —piensa la niña—. No puedo ir en busca de papá. Me falta lo más importante».

Entra corriendo en la casa, va al salón, se sube en una silla y descuelga de la pared los zapatos mágicos, tan bonitos, con su letra L haciendo un pequeño relieve en la suela del izquierdo. La letra L de “Lou” que tanto le gusta a la niña. Y la otra, la que no conoce, en el otro zapato.

Lou cree que su padre estará cerca del parque pequeño. Y, tiritando, va hacia aquellos jardines. Papá no está allí, pero ella, que va a salvarle la vida, agacha la cabeza contra el viento y sigue avanzando por el parque.

El frío va atravesando el abrigo y los pies de Lou. Entonces se acuerda de que los zapatos mágicos son más calentitos que las zapatillas que lleva. Se sienta en un banco del paseo central y se los pone.

Y le pide a la magia de los zapatos el deseo de encontrar pronto a papá para que pueda tomarse su medicina, sigue andado y sale por la otra puerta de la verja de los jardines.

***

Lou se ha perdido. Está muy lejos, «a cientos de kilómetros de casa. A miles de kilómetros o más». La cara colorada de la niña anuncia que va a pillar un resfriado “de los gordos”.

Papá no aparece.

Cuando Lou empieza a llorar, porque se sabe perdida, las lágrimas comienzan a congelarse por su cara. Sus lágrimas y sus mocos.

Y se sienta en el suelo, sobre la nieve. Ya no puede seguir andando más.

«¡Vaya, qué desgracia más grande y más desgraciada!» —piensa Lou.

Ya no tiene fuerzas ni para llorar. Ha andado mucho sobre la nieve. Solo tiene ganas de dormir. Tiene mucho sueño. Está tiritando sin parar. Se deja caer sobre la nieve… y cierra los ojos.

«Zapatos mágicos, haced que vea a mi papá» —dice con un hilo de voz.

Ahora Lou no se mueve.

***

Todos los vecinos estuvieron buscando a Lou desde que se dieron cuenta de que había desaparecido. El padre, que llegó un buen rato más tarde de lo previsto, estaba muy nervioso, fuera de sí. Se sintió responsable de lo que le pudiera haber pasado a la niña cuando vio que faltaba su caja de medicinas contra el colesterol y comprendió que la cría la tenía que haber cogido.

La madre de Lou no paraba de llorar porque se culpaba de que la chiquilla se hubiera escapado mientras ella estaba en la cocina.

Solo la abuela mantenía cierta calma: «No os olvidéis de buscarla en el parque pequeño, el que tanto le gusta». Imaginaba que podía estar allí.

Pasó un rato hasta que consiguieron encontrar a alguien que les abriera la verja del parque, pero la cría no aparecía. Algunos llegaron a desconfiar de que fueran a encontrar con vida a una chiquilla tan pequeña.

El padre de Lou, llorando, encendió la linterna del móvil y empezó a alumbrar el suelo por ver si se había caído algo de la niña en el paseo central del parque, por donde solía jugar y correr muchas veces.

Y, entonces, se fijó: encima de la nieve había dos letras, una pequeña R y una pequeña L, que parecían grabadas con algo que se clavaba en ella. Y más adelante otras y otras y otras. «¡Dios mío, son las marcas de los zapatos que tanto le gustan a Lou, el derecho y el izquierdo. Debe de haber ido andado con ellos puestos y ha quedado su rastro sobre la nieve!».

Fue como un milagro: los vecinos siguieron las huellas y, más allá de la otra salida del parque, a cientos de kilómetros o miles de kilómetros o más, encontraron el cuerpo de la niña todavía con algo de vida.

                                                                                                                   

Y los zapatos hicieron su magia: el prodigio en el que cree Lou. Y es que son muy poderosos cuando se colocan las luces de Navidad y en la casa hay un niño que sabe que son mágicos. Aunque los adultos crean que solo sirven para decorar.

«¡Vaya, qué ignorancia más grande y más ignorante!» —piensa Lou, a menudo, desde entonces.

Guillermo Arquillos

Año 2021. Noviembre, 29

 

 

Sacrilegio

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